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CAMINO DE SANTIAGO 2003

Desde Villafranca del Bierzo a Santiago de Compostela


Viernes, 09 de Mayo de 2003

De Segovia a Villafranca del Bierzo - 0 kms


    Cuando llego a la Estación de Autobuses cargado con mi pesada mochila ya Marino y Chema están esperando. También Paco, que guarda turno en la ventanilla de billetes dudando sobre cuántos tiene que comprar. Poco después llega Ángel y finalmente Primi.

    Ya con los billetes, viene Mariano, compañero de nuestro trabajo, con el famoso "botiquín" que, desde hace unos años, nos prepara nuestro buen amigo Jaime, el médico de empresa.

    A las 15:00 en punto el autobús, repleto de pasajeros, parte con destino a Valladolid. Después de algunos comentarios sobre su extraño trayecto de salida, (la bajada de la Cuesta de Los Hoyos continúa cortada debido a obras por recientes desprendimientos), pronto ha tomado el rumbo correcto una vez dejado atrás el cercano pueblo de Zamarramala.

    Repartidos en los asientos de atrás, hemos comentado las particulares incidencias de cada uno referentes a los últimos preparativos del viaje.

    El tiempo es espléndido. Las extensas llanuras brillan bajo el sol radiante. Verdes prados y grandes sembrados, gracias a las pasadas abundantes lluvias, se ven repletos de hierba y grano, respectivamente. Presumiblemente, este año, las cosechas serán excelentes.

    Algunos sonidos de teléfonos móviles, con diversas y curiosas melodías, rompen en algún momento la monotonía del viaje. A la compañera de asiento de Marino se le ha caído el móvil al suelo. Resulta difícil buscar algo bajo los asientos de un autobús. Después de vanos intentos, por fin, Marino, medio tumbado en el suelo, ha logrado recuperarlo y devolvérselo.

    Adormecidos algunos, pendientes del primaveral paisaje los otros, llegamos a Valladolid sin incidencias en un rápido y cómodo viaje.

    Son las 16:30.

    En la misma Estación de Autobuses, después de recoger el billete para Ponferrada, nos acercamos a la cafetería con el fin de matar un poquito el tiempo y a la vez el hambre mediante algunos trozos de tortilla de patatas y cerveza o cafés, según el caso. Buscando un cajero automático, recorro parte, muy concurrida, de la bonita ciudad. Ya de regreso, a las 17:30 en punto, partimos de nuevo hacia Ponferrada. El autobús esta vez no va tan repleto. El tráfico es escaso.

    Después de una parada de cinco minutos en la Estación de Autobuses de Benavente, aproximadamente a la mitad del trayecto, donde el amable conductor nos ha dado una lección magistral teórica, técnica y práctica sobre autobuses (las cuatro enormes ruedas llevan incorporado un artefacto cada una con el que se mide la presión del aire), distraídos por una película de preciosos paisajes de montañas canadienses, llegamos a Ponferrada.

    Intento ver, sin conseguirlo, esas grandes chimeneas que continuamente contaminan con su negro y espeso humo el cielo de la ciudad y que desde siempre tanto me han atraído.

    Son las 20:30.

    Directamente, y sin pensarlo, nos dirigimos a la báscula en la que, ya tradicionalmente, pesamos nuestras mochilas.

    Primi 10.800
    Ángel 12.300
    Marino 11.100
    Paco 11.850
    Chema 10.000
    Michel 12.800

    Pienso que No espabilo. Aunque achaco el elevado peso de mi mochila al libro de “Cocina Segoviana” que llevo como obsequio para el fotógrafo de Melide que, muy amablemente, nos regaló una foto de estudio a Primi y a mí hace ya dos años, sé que el peso es más elevado de lo que debiera ser.

    Ángel, inhabitual en él, ha olvidado su chaleco en el autobús y corre, preocupado, a recuperarlo. El autobús está aún allí aparcado. Ha tenido suerte. Con una sonrisa le comento: " ... esto habrá que escribirlo".

    Cuando intentamos, según estaba previsto, sacar billete para Villafranca del Bierzo, nos encontramos con la sorpresa de que el último autobús ha partido hace cinco minutos. Decididos, buscamos dos taxis que, por la cantidad de 20 euros cada uno, nos acercan rápidamente, atravesando los viñedos que dan origen a la denominación de "vinos del Bierzo", a Villafranca.

    Son las 21:00 horas.

    Cargados cada uno con su mochila nos acercamos al cercano Albergue de Jato. Algunos peregrinos descansan en los largos bancos acompañados por Jato, su mujer María Jesús y Marta. Decidimos quedarnos allí pues el Municipal ya lo conocemos.

    Previo pago de 5 euros cada uno, Marta, hospitalera y ayudante de Jato en el Albergue, (inicialmente pensábamos equivocados que era hija de Jato), nos anota en su libro de peregrinos y nos pone el primer sello en nuestra "papela", además de advertirnos seriamente, inflexible y tajante ante nuestras quejas, que el Albergue se cierra a las 11:00 en punto.

Marta

    Poco después, nos acompaña a las literas, nos hace quitarnos las botas antes de entrar, elegimos las que mejor nos parecen y, rápidamente, después de extender los sacos de dormir y ponernos de nuevo nuestras botas, nos disponemos a buscar un lugar para cenar.

    Bajamos a la plaza principal de Villafranca. Después de una cerveza, mientras esperamos al resto de compañeros, decidimos cenar en el Restaurante Los Ancares, muy cercano. Ana nos sirve amablemente un menú del día abundante y sabroso.

    Cuando voy al servicio, confiado, me encuentro inesperadamente con una chiquilla que está efectuando la limpieza. El susto ha sido mayúsculo y mutuo. Después de pedirnos, sonrientes, sendas disculpas, ella ha salido.

    Con dos excelentes "elixires" hemos finalizado satisfechos la cena.

    La noche se ha cerrado sobre el pueblo y, preocupados por la hora, decidimos subir hacia el Albergue. Enredando con una de mis pelotas de golf, elegimos el camino equivocado y nos toca dar una buena vuelta, aunque a las 23:00 horas estamos en el Albergue. Nos hemos perdido la queimada que suele preparar Jato, aunque aún queda algo para probarla. Está buena, aunque fuerte. Marino decide subir a dormir.

    Jato, curioso personaje muy conocido entre los peregrinos, simpático y amable, después de servirnos la queimada, atiende a Paco sobre una dolencia que trae desde Segovia en el talón.

Jato, atendiendo a Paco

    Sentados en los largos bancos saboreamos la queimada mientras observamos sonrientes la extraña sesión de curandero que le aplica a Paco. Finalizada esta, Jato invita a un nuevo orujo blanco que guarda en una botella de anís y que pone despreocupado (no se imagina el peligro que corre la botella) sobre la larga mesa junto a la vela encendida, mientras muestra a Paco sus escrituras sobre la nueva ampliación del refugio que, poco a poco y a pesar de los problemas burocráticos, está realizando.

Paco revisa las escrituras

    Sentados ahora a la mesa, la conversación se centra sobre el nombre de Jato. Según sus propias palabras, "jatus" proviene de un título honorario de Navarra, relacionado con San Francisco Javier. Significa "jabalí". Nos comenta sus peripecias en la época de los “maquis” en la que pasaban a Galicia con los machos para cambiarlos por vacas evitando así su requisación con motivo de la pasada Guerra Civil española. Además, nos comenta, es primo de Silvia Jato, la famosa presentadora de televisión.

    Los "chupitos" se suceden mientras Jato nos muestra la curiosa escritura, con letra espectacular, de constitución de la Asociación Internacional de la Cofradía de Canteros Hospitalarios San Columbano, asociación que le ayuda en la obra de ampliación del Albergue, en detrimento de la Cofradía Episcopal que, según él mismo, manipula la Iglesia y que, en muchos casos y en definitiva, se llevan el dinero a Gescartera ...

    El libro comienza con la frase ... "De los que aquí estuvieron y formaron la Cofradía ... ".
Constitución de la Asociación Internacional de la Cofradía de Canteros Hospitalarios San Columbano

    Mientras Chema toma algunas fotos, Paco, sin hacer caso del comentario ... "... vas a roncar esta noche ... " ... se mancha la camisa con el "elixir" ...

    Poco después, aprovechando que salimos a tomar fuera algunas fotos, Jato cierra el bar y pronto, descalzos y en relativo silencio, entramos en la zona de las literas donde, después de despertar a Marino al hacerle alguna foto, terminamos por dormirnos en silencio.
Con Marta
Despertamos a Marino