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Mi primer Camino

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CAMINO DE SANTIAGO 2003

Desde Villafranca del Bierzo a Santiago de Compostela


MI PRIMER CAMINO DE SANTIAGO

III

    El diseño de las etapas del camino, minuciosamente preparado por Angel, cumplía el objetivo de armonizar al máximo los objetivos y aspiraciones individuales con los del conjunto del grupo; desde el punto de vista del esfuerzo requerido era ligeramente exigente en sus inicios para luego ir decreciendo en intensidad hasta casi terminar en el relajo.

    El paso de Castilla a Galicia, en la primera etapa, transcurre por bellos parajes, en su inicio bordeando el río Valcárce por la carretera nacional, aunque protegidos por un murete cuya construcción ha dado origen a una notable degradación de la margen del río por el irresponsable abandono en la misma de escombros y hormigón sobrante - ¿cómo es esto posible en un camino que es patrimonio cultural europeo y es transitado por innumerables ciudadanos de todo el mundo? - y en su parte final con magníficas vistas panorámicas de las que necesariamente disfrutas cuando te detienes para resollar en la dura ascensión al O Cebreiro.

    No menos extraordinarias son las que ofrece el inicio del segundo día de marcha, en un día de sol radiante, al inicio del descenso del puerto; la belleza del paisaje y la frecuencia y abundancia de los avituallamientos ayudaron a llegar al objetivo final, Samos, las torres de cuyo monasterio yo apreciaba, cual Quijote alucinado por la fatiga acumulada, cada vez que en los kilómetros finales divisaba una chimenea o torreta de cualquier caserío o nave ganadera, encargándose Angel de hacerme volver a la realidad informándome de que las torrres del monasterio eran mucho más maravillosas.

    Aunque también larga y difícil, la siguiente jornada hasta Portomarín, se me hizo menos dura y eso que, quizás cautivado por en encanto del Lugo rural me pasé de largo, tras la comida en Leyman, el refugio de Ferreiros, lugar fijado para el refrigerio antes de abordar la última parte de la etapa.

    Durante las restantes jornadas el esfuerzo fue decreciendo proporcionalmente al aumento del relajo lo que permitía disfrutar con más intensidad de los bellos parajes naturales, las típicas construcciones rurales gallegas, incluso de alguna visita guiada como fue el caso de la iglesia de Furelos con su Cristo de la mano tendida o, finalmente de la monumental Santiago.

    Además del esfuerzo y del paisaje quiero referirme en este capítulo a los albergues como otro elemento esencial del viaje: las fechas en las que realizamos el viaje y el magnífico clima que nos acompañó permitió, pese a mis reservas iniciales, pudiésemos, en general, disfrutar de los mismos por su baja ocupación, limpieza, servicios complementarios y, en algún caso, como Ribadixo da Baixo, ubicación en paraje natural único.

vista panorámica del Monasterio de Samos
las vacas se cruzan con los peregrinos
Paco ante el Cristo de la mano tendida
albergue de Ribadiso. Michel se refresca los piés
Ángel y Primi en el albergue de Monte do Gozo